20 de enero de 2013

El compromiso social y la ideología de la geografía: ¿desde la izquierda o desde la derecha?


Gracias al autor del artículo por darme permiso y poder publicar su artículo en este blog. 

El compromiso social y la ideología de la geografía: ¿desde la izquierda o desde la derecha?
Cuarta Conferencia Internacional de Geografía Crítica, Ciudad de México, 8-13 de enero de 2005
José Antonio Segrelles Serrano. Departamento de Geografía Humana. Universidad de Alicante. España. 

“La geografía está en crisis” es con toda probabilidad una de las frases más repetida durante los últimos tiempos sobre nuestra ciencia. Incluso esta aseveración ya constituye un tópico, un lugar común entre los geógrafos de muchos países del mundo, hasta el punto de erigirse en uno de los rasgos más característicos, que apenas nadie pone en duda, de la disciplina quese cultiva en la actualidad. Pero, ¿qué significa exactamente que la geografía está en crisis? ¿Que ha experimentado con el paso del tiempo una progresiva pérdida de identidad? ¿Que sus objetivos no están claros? ¿Que ha sufrido la competencia de disciplinas más especializadas? ¿Que no ha sabido adaptarse a los cambios socioeconómicos del mundo? ¿Que cada vez está más alejada de las realidades sociales? ¿Que no ha sido capaz de responder a las demandas de los ciudadanos? ¿Que se ha mostrado incapaz de formular una teoría geográfica? ¿Que el mercado laboral es poco generoso con los geógrafos? Las respuestas a estos interrogantes no resulta una labor sencilla, aunque a continuación intentaré una somera aproximación, pues en realidad todos los factores y circunstancias que contribuyen a esta situación de crisis están interrelacionados.

En primer lugar, cabe destacar la progresiva pérdida de identidad de la geografía (Colantuono, 2001) y la creciente invasión de sus tradicionales campos de estudio por parte de ciencias como la economía, la sociología, la urbanística, la biología o la ecología, problemas que los geógrafos no hemos podido, o sabido, solucionar y que no por reiterativos son menos preocupantes. No obstante, a mi modo de ver, esta situación es causa y consecuencia del escaso arraigo de nuestra disciplina en la sociedad, lo que conduce a un desconocimiento profundo y generalizado acerca del quehacer geográfico, ignorancia que no sólo afecta a los ciudadanos, sino que también puede hacerse extensiva a muchos científicos sociales. Este hecho se manifiesta, por ejemplo, en el todavía menguado número de estudios pluridisciplinares en los  que participan los geógrafos o en las escasas referencias bibliográficas de geografía que figuran en las investigaciones de otras ciencias sociales (Segrelles, 2001).

A este respecto, es oportuno destacar las opiniones de A. Luis (1980), para quien la relevancia de una ciencia no viene dada por lo piensen de ella los científicos que la cultivan (no faltan geógrafos que creen que son el centro del universo, aunque también los hay críticos con la forma de hacer esta ciencia y con la escasa eficacia social de la misma), sino por lo que opinen la sociedad y los miembros de las demás disciplinas, y también la de H. Capel (1998), que afirma que el escaso valor concedido a la geografía, tanto por la sociedad como por las instituciones académicas, ha desembocado en la desaparición de la especialidad en varias universidades prestigiosas de Estados Unidos, como Harvard o Chicago. Incluso no faltan voces que aseguran que el oficio de geógrafo se encuentra en vías de extinción (revista mensual CNR, nº 80, Barcelona, octubre 2003, p. 110), lo que demuestra una vez más el desconocimiento que muestra la sociedad acerca del papel que la geografía puede representar en la interpretación de espacio y en la explicación del mundo real con sus problemas.

Por si esto fuera poco, durante los últimos lustros no sólo se ha teorizado sobre el “fin de la historia” (Fukuyama, 1992), sino que algunos autores también lo han hecho, aunque de forma un tanto precipitada, sobre el “fin de la geografía” (O’Brien, 1992; Virilio, 1997), apoyándose para ello en la supuesta desterritorialización del mundo como consecuencia del desarrollo global delas nuevas tecnologías aplicadas a las telecomunicaciones. En este sentido, como indica el Instituto del Tercer Mundo (2001), el presunto fin de la dimensión geográfica está estrechamente vinculado a la negación de la Humanidad como la suma de todos los seres humanos repartidos en la Tierra. Para percibir a la Humanidad se necesita atender a todos los puntos del globo y aquilatar cuáles son las condiciones en que vive el prójimo en todos los rincones del planeta. De este modo, la afirmación de que el  desarrollo de las comunicaciones ha “empequeñecido” el planeta, haciendo deél una “aldea global” (McLuhan, 1998; McLuhan y Powers, 1996), es inexacta, ya que la desatención de la localización geográfica y de la existencia de miles de millones de seres humanos abre una enorme brecha de desconocimiento y marginación. Es más, aquellos que tienen acceso a las tecnologías globales, aparte de constituir una minoría enel mundo actual, son los únicos que pueden permitirse el lujo de decretar el fin de la geografía y olvidar que la Humanidad está compuesta por una mayoría de habitantes a los que no sólo les resulta imposible disponer de la tecnología de vanguardia, sino que siquiera tienen acceso a una educación que les permita percibir una imagen del mundo en su totalidad.

La combinación de factores exógenos (neoliberalismo, mundialización, liberalización, predominio del capital sobre el trabajo, privatizaciones, pragmatismo, utilitarismo, desequilibrios territoriales, injusticia social, cambios en la escala de valores, transformaciones culturales, desarrollo delas telecomunicaciones) y endógenos que afectan a la geografía (conservadurismo, asepsia, inocuidad, idealismo, despolitización, escaso compromiso, deficiencias teóricas, abuso de la descripción, ausencia de crítica y autocrítica en muchos lugares, deslumbramiento por la geografía aplicada, alejamiento de la sociedad, profesionalización creciente dela disciplina) tiene una conclusión clara: el descenso del número de alumnos interesados en cursar estudios geográficos en la universidad, hecho que alimenta un círculo vicioso de difícil solución. Si el ciudadano no percibe la utilidad social de la geografía (tal vez porque los geógrafos no hayamos sido capaces de transmitir dicha utilidad), no estará interesado en cursar estos estudios, y si no existen suficientes alumnos con una formación útil, es imposible que la sociedad valore nuestra disciplina. O dicho de otro modo menos divulgado: el prestigio social de la geografía en muchos países tal vez sería otro si los geógrafos preponderantes, o sea, los que controlan y tienen influencia sobre sus colegas y discípulos y en las altas esferas políticas, hubieran optado por el fomento de una ciencia progresista, comprometida con los más necesitados de la sociedad y de veladora de los procesos, generalmente ocultos, que transforman el espacio y se interrelacionan y evolucionan en él.

A este respecto, téngase en cuenta, a modo de ejemplo clarificador, que cuando se ha hablado del peso excesivo que la geografía académica ha tenido tradicionalmente en España (en detrimento de la geografía aplicada)y la aversión de la dictadura del general Franco hacia los geógrafos planificadores, no se ha valorado con suficiente convicción que dicha aversión se centraba en los colegas planificadores de izquierdas, ya que a los de derechas los aceptó, los utilizó y los hizo medrar, hasta el punto de ser estos individuos y las sucesivas generaciones de discípulos los que han detentado el control de la geografía universitaria española. Recuérdese en este sentido la activa participación de varios geógrafos vinculados al Opus Dei en la elaboración y redacción de los famosos Planes de Desarrollo durante la década de los años sesenta del siglo XX (Capel, 1976; Segrelles, 1998).

En el caso concreto de la geografía universitaria española, aunque el número de alumnos matriculados varía bastante según los años y el centro universitario de que se trate, la tendencia es inequívocamente a la baja. No faltan rumores que vaticinan a medio plazo la supresión de esta especialidad en algunas universidades. Y todo ello pese a la reciente elaboración de un Libro Blanco en el seno de la Asociación de Geógrafos Españoles (AGE) con el fin de proponer un nuevo Título de Grado en Geografía y Ordenación del Territorio y su adaptación al sistema universitario europeo (Declaración de Bolonia), a la creación del Colegio Profesional de Geógrafos (Ley 16/1999, de 4 de mayo), al fomento de la geografía aplicada (Segrelles, 2002) o a la constante, deprimente y ridícula aparición de algunos geógrafos en los medios de comunicación creyendo y haciendo creer que así están más cerca de la sociedad. Pese a todas estas iniciativas, que consciente o inconscientemente demuestran una pretensión clara de adaptación a las nuevas exigencias, lo cierto es que la geografía continúa trabajando como si el mundo no hubiera cambiado y con una ausencia palmaria de una sólida base teórica y de contenidos profundos en sus construcciones intelectuales y en su discurso. En este sentido, poco puede esperarse de una universidad cada vez menos universal y cada vez más privada, que se centra en el mercado y se convierte en un ente productivista, pragmático y proclive a atender los intereses y las demandas de las empresas (De Sélys, 1998).

Todo esto invita a pensar que la geografía tiene ante sí un reto formidable que amenaza su supervivencia científica en muchos paísesdel mundo. H. Capel (1998) opina que la geografía debe seguir estudiándose porque existen problemas en el mundo actual que los profesionales formados en este campo pueden ayudar a estudiar y resolver y, asimismo, que nuestra disciplina debe prestar atención a la formación de profesionales que sean capaces de decir algo significativo sobre las interacciones entre fenómenos del mundo natural y entre éstos y la sociedad. Ante esta opinión, rápidamente surgen algunas preguntas elementales: ¿de qué problemas se habla?, ¿problemas de quién o de quiénes?, ¿cómo se detectan estos problemas?, ¿qué criterios se siguen para identificarlos?, ¿quién los selecciona y jerarquiza?, ¿qué grado de compromiso debe asumir el geógrafo ante la realidad social de su tiempo?, ¿influye la ideología en la percepción e identificación de los problemas, así como en su selección y jerarquía?, ¿hay diferencias en la forma de percibir la realidad social y en su grado de compromiso con ella si el geógrafo es de derechas o de izquierdas?

Es evidente que la respuesta a las dos últimas cuestiones no puede ser más que afirmativa, pues la ideología y la orientación política del geógrafo son determinantes no sólo para la identificación y selección de los problemas que se pretenden estudiar y resolver, sino también para la mayor o menor eficacia a la hora de responder a las demandas y necesidades de la sociedad, o por lo menos a las de los sectores más desfavorecidos de la misma, que son los que más precisan los conocimientos que puede proporcionar la geografía. En este sentido, no parece que a la derecha, a la luz de su tradición y de las políticas que suele desarrollar en cualquier país del mundo, le importen demasiado las demandas y necesidades de los más desfavorecidos de la sociedad, ni siquiera los problemas importantes del mundo actual si no se ajustan a sus intereses. Por lo tanto, aunque es un hecho real la existencia de multitud de geógrafos conservadores (incluso reaccionarios), que con sus estudios contribuyen a defender sus intereses de clase y a la reproducción del capital a través del control del espacio, se podría aventurar que desde el punto de vista teórico ser geógrafo y de derechas es algo intrínseca y conceptualmente contradictorio, ya que ambos términos albergan ideas y significados antagónicos. Si la geografía es fundamental para estudiar y ayudar a resolver los principales problemas que presenta el mundo de nuestros días y, además, debe estar atenta a las necesidades sociales, ¿cómo un geógrafo de derechas va a contribuir a solucionar estos problemas si forman parte de su esencia ideológica y contribuye a crearlos, profundizarlos y expandirlos con su voto, opiniones y actitudes? Si incluso muchos colegas de izquierdas de la vieja geografía crítica ya no cultivan los enfoques críticos y abordan temas que interesan a las empresas y a los gobiernos (es decir, estudian los temas de los actores hegemónicos y no los de los actores “hegemonizados”, dicho a la manera de Milton Santos en una entrevista concedida en 1998 a Ana María Liberali, vicepresidenta del Centro de Estudios Alexander von Humboldt),¿qué puede esperarse de los geógrafos que actúan y se declaran manifiestamente de derechas?

Los geógrafos de derechas son precisamente los que hablan de “hacer geografía”, en una alarde de empirismo pragmático y conservador, y dejar de lado el debate gnoseológico y las controversias teórico-metodológicas por ser, según ellos, propio de mentes calenturientas. Es imposible realizar mayor profesión de fe hacia una geografía elitista y de derechas, al servicio del poder y alejada de las clases sociales más necesitadas. ¿Son, por lo tanto, dignos de crédito estos geógrafos cuando afirman que la geografía que cultivan tiene vocación de servicio a la sociedad? ¿O simplemente se afirma este extremo porque resulta “correcto y oportuno”? Esto es lo que sucede en la web de un departamento de geografía de una universidad española (cuyos miembros se caracterizan por un generalizado conservadurismo) donde proliferan las alusiones al vínculo y la estrecha comunión de la geografía, su geografía, con la sociedad, situación que es radicalmente falsa, pues no resulta compatible este alarde social con sus posiciones conservadoras ante la vida y ante la ciencia que realizan, salvo que detrás del término “sociedad” se camufle el cultivo de una geografía retrógrada e incapaz de ejercer un compromiso efectivo con los más desfavorecidos, o lo que es peor, una geografía que esconde en muchos casos intereses inconfesables. Estos geógrafos conservadores son, además, los que insisten con ahínco en la inexistencia de los conceptos derecha e izquierda, en la desaparición de las ideologías y en el desprecio de la política, manifestaciones que ya por sí mismas indican bien a las claras cuál es la ideología de estas gentes. Es cierto que en el sistema capitalista, donde el poder lo proporciona el dinero, los conceptos de izquierda y de derecha se difuminan por estar sometidos a una dictadura económica, sobre todo por lo que respecta a la pseudoizquierda (como sucede con las socialdemocracias occidentales). Sin embargo, pese a la actual subordinación de la política a la economía, las ideologías, las izquierdas y las derechas seguirán existiendo mientras haya seres humanos que vivan a costa del trabajo y el sacrificio de otros seres humanos. El geógrafo de hoy en día debería tener claras estas ideas elementales y actuar en consecuencia si quiere que nuestra ciencia tenga utilidad social.

La geografía, como ciencia madre (o madre de las ciencias), está capacitada para develar los procesos de ocupación del espacio y las relaciones profundas que se establecen en él. Por lo tanto, un geógrafo comprometido, progresista, politizado, que asuma el verdadero alcance de la ideología, que emplee enfoques adecuados, puede contribuir a que la geografía ocupe el lugar que merece, se identifique con la sociedad y tenga ante sí un futuro mejor. Asumo que la hipótesis que aquí se plantea es arriesgada, pero valdría la pena tenerla en cuenta y debatir más sobre ella, incluso dedicarle un mayor esfuerzo de investigación, para poder demostrar de forma fehaciente lo que de momento solo es el esbozo de una reflexión personal.

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