23 de noviembre de 2012

6 de noviembre de 2012

La orfandad de los sensibles


En geoburan se ha tratado de constatar una experiencia que a todos nos une y nos atañe, vivimos encerrados en una sola forma de existencia, ese camino contracorriente de la vida, la ambición por la ambición, cada vez más insatisfechos, infelices, dominables, cobardes, temerosos, más destructores con el medio que nos da la vida.

A donde nos está llevando todo eso, toda esa retórica ideológica, toda esa justificación de lo imposible, esa adoración, aceptación y justificación e indiferencia hacia la crueldad, hacía el sufrimiento presente y futuro de los pequeños y de las generaciones que vienen y vendrán.

Todo ese proyecto de más y peor, el hombre sin virilidad, acobardado, la mujer deshumanizada, perdida confusa y asustada, a donde se nos está arrastrando a los que no queremos contribuir a esto, que se está haciendo, en que se está pensando.
 
Consumo, oportunidades, nicho económico, innovación, agenda de contactos... es el mantra que se repite una y otra vez hasta doler en el sano juicio, una única dirección, una sola subjetividad entre siete mil millones de subjetivos, todos arrancados de su propia esencia para satisfacer una sola, un solo tipo de ser humano válido entre millones diferentes a él, millones de desheredados.

Lavado de cerebro, miles de hora de entrenamiento de destrucción para transformar a las personas en capital humano, convencimiento y adopción de ese rol, trabajo concluido, muerte y sustitución.

La rueda sistémica que no para mientras se incendia y toma conciencia, una conciencia desvariada, loca, tránsfuga de la realidad.

La orfandad de los sensibles, diseminados hacen lo que pueden, sin querer  morir bordean la línea de su propio sufrimiento, de aquel que es consciente de semejante suerte, la dicha entredicha del que ve un poco más allá y no quiere ver. La orfandad del que comprende y no es comprendido, del optimista real el cual huye del optimista del desvarío adorado por la economía del siglo XXI, que suerte la suya ser querido por la estupidez hecha norma y que a si misma no se soporta.

Carlos Javier Fuentes García. Licenciado en Geografía por el Universidad de La Laguna
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