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27 de junio de 2011

Bitácora viaje a Marruecos – X Parte (última)

DÍA 10                                                                              Lunes, 16 de agosto de 2010
Marrakech
El último día en Marrakech fue, hablando mal y pronto, una mierda. La mejor metáfora fue las veces incontables que Ada, Isra y Nes fueron al baño. La cena del día anterior les sentó fatal a Néstor y Ada, que no pudieron apenas ni levantarse de la cama. Ada tenía diarrea y Néstor no podía ir al baño, tenia debilidad. Ambos estaban noqueados. Por la tarde cayó Isra después del almuerzo. Yo fui el único que estaba más o menos bien. Sentía cosas extrañas en la barriga, pero iba aguantando bien. Fue duro verlos a los tres acostados en la cama sin poder moverse, tapados con las mantas, con fiebre incluso alguno de ellos. De nuevo me sentí impotente. Néstor y Ada se tenían el uno al otro, y ello les hizo más fuertes a los dos, que se apoyaban mutuamente. El jugo de frutas de la tarde que se bebieron tuvo la culpa y el kebab de la noche hizo el resto. El día fue interminable.
Me subía por las paredes. Por la tarde Ada se encontraba mejor y fuimos al Soko. Yo no pude comprar nada porque no tenía dinero. Ada compró un montón de cosas y en todas regateó todo. Tenía un arte que no había visto jamás para el regateo. Aluciné mucho viendo como se desenvolvía ella solita, logrando rebajar los precios hasta más de la mitad en algún caso. Volvimos y Néstor seguía más o menos igual, e Isra mejoró un poco. El último día en Marrakech, en Marruecos, fue ciertamente el peor de todos porque fue la antesala a la vuelta de nuevo a otra realidad
RELATO (verdadero)
“Me levanto de la cama. Sudoroso, nervioso. No consigo conciliar el sueño. Me pongo los pantalones, la camisa y salgo furibundo de la habitación donde todos duermen. Doy un portazo. Decido salir en mitad de la noche por las calles de Marrakech. Las calles están como siempre, sucias, pestilentes. En una de las calles peatonales que rodean la bella plaza de Jemma El Fna se dan cita toda clase de personas, individuos y fauna. Las cucarachas pasean libres y sin miedo, las ratas son el adorno perfecto.
Cruzo la calle para sentarme en el muro de los hombres perdidos, sin fe o sin futuro. Son viejos, andrajosos, miran al suelo o sus ojos se pierden en un más allá tan ocre y gris como el desierto que nos rodea. Me siento sin compasión alguna. La ciudad marroquí me enseña toda ella poderosa, todo lo que puede dar de si. Se me acerca una cría de gato que se compromete al primero que pase. Me ha tocado a mí. Lo miro con desdén. Sólo soy un pasatiempo. Como carezco de interés, se vende al primer postor. Son turistas, le delatan su limpieza, su pulcritud, su tez limpia y sus sonrisas de despreocupación. Es un matrimonio con su hijo que pierde rápidamente el incipiente interés del gato. Tropiezan con un vagabundo cojo y viejo. Se apartan enseguida, le miran con asco. Ambos cortejan el paso de su hijo, uno lo abraza, la otra le coge el brazo. Comienzan a caminar más rápido.
En la calle irrumpen dos niños de unos diez años saltando. En principio parece un juego, en realidad están peleando a fuego, con un encono inusitado. Se pegan sin cuartel mientras los hombres del muro sin fe, entre los que me encuentro, no hacemos nada. Se parten la boca. Sangran. Uno de ellos cae. Su contrincante lo apalea, le da patadas repetidas veces. Se queda dolorido en el suelo. El otro le da cancha para recuperarse. Al cabo de un par de minutos la trifulca se eleva a la máxima potencia. No hay tregua. Un hombre pasa por allí y los intenta separar dos veces. No lo consigue y desiste. Sigue la pelea con los dos niños ensangrentados, mientras en el bullicio de la calle transitan las calesas repletas de turistas que, en un escalafón superior, no ven, o no quieren ver la realidad de estas calles. La pelea finaliza con uno de ellos, ya no recuerdo quien, tumbado boca arriba con la cara ensangrentada. Extenuado por el esfuerzo. El otro niño se aleja muy lentamente mirando de soslayo el resultado final de la pelea, esperando si acaso a que se vuelva a levantar, cosa que no ocurre.
Asqueado, me levanto del muro de los hombres sin fe. Me dirijo hacia la plaza anexa a Jemma El Fna. Los motoristas corren anarquistamente. La entropía se instala en Marrakech y quiere llevarme por delante. En el último momento doy un salto apresurándome a que el motorista me lleve por delante. Esta misma tarde, aquí mismo, vi a dos niños jaleados por una multitud de hombres pegarse como si de un ring se tratara mientras me ofrecían drogas y la gente era ajena a toda rutina. Me dirijo al Soko. Es de noche y me han advertido que es peligroso andar solo por estas calles. Siento dentro de mí el calor del desierto altanero que no se conforma con la calma de unas pocas gotas de agua. El Soko de noches es caos, un correcalles absurdo.
Se me acerca un tipo que me habla primero en francés, luego en berebere. Me pone el brazo sobre los hombres y la otra mano al bolsillo, le empujo con violencia y se cae. Comienza a gritarme. Dos hombres más me miran con ojos encendidos en rabia. Toda la calle mira. Me gritan y me achantan a base de empujones. Retrocedo y levanto las manos. No sirve de nada. Me doy la vuelta pero siguen empujándome. Camino más deprisa pero ellos siguen molestándome. Opto por correr y comienza una persecución por las callejuelas del Soko. Mis pies se agarran como pueden a las resbaladizas calles. Pongo una marcha más y esquivo motos, bicis, turistas. Giro a la izquierda y luego a la derecha. Está oscuro. Me resbalo y caigo. No sé si me siguen. Todos me siguen mirando. Como puedo salgo del Soko por las calles del sureste. Remonto hacia el norte y llego a la avenida Mohamed VI.
Por el camino veo a niños trabajando, otros buscando papeles que luego se llevan a la boca. Los hombres, horrendos, son vagabundos Me reflejo en un escaparate y me descubro sucio, con parte de mi vestimenta rota. Ya soy uno más en esta ciudad sin ley aparente. Jadeo casi sin aire. En mi interior hay un espíritu que habita como una semilla que germina, crece y vive eternamente. Es indeleble. Es su recuerdo que subo al altar de mi idealismo, donde llega lo inalcanzable. Yo, taciturno, furibundo, me siento en un banco de la avenida. Miro la luna creciente amenazante con llenar de luz toda la noche. Permanezco allí largo rato. Me percato de que a mi lado hay una chica. No es de aquí, es occidental. Ella me observa y sonríe. Yo hago lo propio. A lo largo de una hora, nuestras miradas se encuentran en sucesivas ocasiones. Pasan jóvenes franceses llenos de hormonas e interrumpen nuestros silencios de miradas.
El gato promiscuo vuelve a escena. Nos ronda. Se pone mimoso y logra ser el centro de atención de nosotros. Cuando intentamos acariciarlo el gato huye.
-No se dejó –esbocé yo-.
-Non capisco –contestó ella-.
-¿De dónde eres?
-Italia
-¿De qué parte?
-Del sur
-Pero, ¿De dónde?
-Lecce
-Oh, Lecce, sé dónde está
-Ma, come é possibilite –exclama ella.
Comenzamos a hablar de todo y de nada durante varias horas hasta la madrugada. Caminamos por las calles de Marrakech. Se llama Piera y vive en Milán. Reímos y nos entendimos bien. Fue la conversación más larga que tuve en semanas.
-¡Piera! – escuché a mi espalda.
Era su novio, Piero. Hablamos durante unos pocos minutos de banalidades, al cabo de lo cual, se fueron. Sin darme cuenta había acabado de nuevo en Jemma El Fna, en el muro de los hombres sin fe. Eran las tres de la madrugada. Allí ya no había nadie. Me senté y comencé a escuchar música occidental. No sabía de dónde provenía. Daba lo mismo. Yo ya no era yo. Era otro. Era el de siempre pero otro, el que había estado solapado por el maléfico duende que llamaba mis ardientes y lávicas entrañas. Cerré los ojos. Agaché la cabeza. Sentí como el cuerpo me pesaba, cambiaba de forma y la horizontalidad era la que me dominaba. Escucho una voz conocida que susurra. Se acerca cada vez más: Will, Will, Will, Will, Will, Will...
-¡¡Qué!! – grité desesperado.
Abrí los oídos, y la voz más hermosa que jamás escuché abraza mi alma y dice mimosa:
-Will… Te amo.
Y desperté de esta pesadilla sin ella”.
FIN
El último día en Marrakech no acabó hasta que cogimos el avión a Madrid. A modo de resumen, las visitas al Soko fueron muy desagradables. Si no comprábamos o no hacíamos caso, nos insultaban o nos decían algún improperio desagradable. Sin embargo, tanto con Isra al mediodía, como con Ada por la tarde, encontramos a dos vendedores muy amables. Recuerdo especialmente el de la tarde, al cual Ada compró unas zapatillas. El buen hombre, sin dientes en la boca, pero con una sonrisa sin complejos, era todo amabilidad y simpatía. Sólo hablaba bereber, pero eso no fue óbice para entendernos. Su sonrisa y sobre todo sus ojos, que irradiaban bondad, invitaba a la confianza. Esa tarde vi como un grupo de hombres marroquíes jaleaba a dos niños para que peleasen en mitad de la plaza de Jemma El Fna. Dormí pronto pero los chicos me obligaron a levantarme para que fuera a pagar el hotel. Después de subir y bajar unas seis veces supe que lo que había que pagar era el taxi pero para entonces el cansancio de subir y bajar las escaleras, perdí el sueño. Ya todos dormían y decidí salir por Marrakceh. Lo que vi fue otra pelea de niños y la miseria de siempre. Subí hasta la sala del hotel. Allí sólo estaba una chica y yo. Al cabo de una media hora comenzamos a hablar en italiano y se llamaba Piera. Fue una conversación en italiano y en inglés. Estudiaba psicología. Al cabo de unas horas bajó su novio, Piero, y la noche acabó así. Marrakech acabó en la madrugada del Hotel Alí. Marruecos acabó en un día de noche seguido de un viaje fatigoso y desganado.
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23 de junio de 2011

Bitácora viaje a Marruecos – IX Parte

DÍA 9                                                                         Domingo, 15 de agosto de 2010
Tougine-Demnate-Marrakech
Hoy despertamos pronto, como a las ocho de la mañana. El dueño del Git nos consiguió un <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>taxi que nos llevó hasta Demnate. El trayecto, de unos 70 kilómetros, aproximadamente, lo hicimos en dos horas y nos costó a cada uno 60 Dirhams (unos 6 euros). Demnate ha sido lo más grande que hemos visto en más de una semana. Es como una ciudad rodeada de pinos y vegetación mediterránea. Descendimos de las montañas y al menos con la perspectiva de la altura tenía aspecto de ser una ciudad bonita. Pero nada más lejos de la realidad. Las calles sucias, caóticas, edificios a medio hacer en algunos casos. Burros caminando por las calles y dejando el rastro de sus excrementos.
Sólo el aspecto externo se salvaba porque en su interior la dejadez y toda la pobreza más miserable, la falta de limpieza era lo imperante. El taxi nos dejó justo al lado de laCamino a Demnate estación de autobuses. Sólo hemos estado en la estación de Marrakech y yo no creí que fuera a ser peor. Y en cierta forma no fue peor. Aquí en Demnate hemos tenido tiempo de sobra para hacernos a la realidad de esta ciudad. Los niños trabajan cargando esa especie de carros de madera para alojar las maletas cuando llegaban las guaguas, igual que en Azilal. Los mismos niños cuando no llegan los buses se dedican a limpiar botas o a hacer de mensajeros, o alguna otra actividad para la que fueran requeridos. Al lado de la estación apenas hay vida aparente, y eso que hay un mercado al lado. La suciedad invade todo lo que vislumbramos ante nuestros ojos. Los hombres están tirados en plena calle. El tiempo que avanza enseguida retrocede el doble de lo que avanza.
De repente una pelea callejera y ante ella la ciudad cobra vida. Decenas y decenas de hombres se agolpan para verlo de primera mano. La pelea es enconada, a puño tendido. Dura algo menos de cinco minutos y acaba con dos policías llevándose a los enfrentamos. Han sido los dos únicos policías que he visto en todo el viaje. A mi lado, Isra y Ada ya han perdido toda la paciencia. Pagamos 25 Dirhams por el billete, nos han dicho que saldría en media hora, pero ha pasado ese tiempo y este autobús no tiene visos de salir. A mi ya casi nada me sorprende de lo que veo. Igual ya estoy curado de todo espanto. Se produce otra pelea dentro del autobús con nosotros ya dentro de él. Por momentos la situación se pone fea. No pierdo detalle de la discusión. Hay mucha tensión. Finalmente la sangre no llega al río. Seguimos en el autobús, esperando. Después de casi tres horas salimos hacia Marrakech.
Cuando llegamos a Marrakech ya eran las tres de la tarde. Salí de la guagua con un letargo atroz, mareado, hambriento, deshidratado, taciturno y con más dolores de los que podía percibir o contar. Nos fuimos al Hotel Alí. Cogimos una habitación y salimos a comer algo. Tras eso, nos fuimos al Soko, el mercado de Marrakech. Quería comprarme una camisa porque las dos que he llevado al viaje estaban avergonzantemente sucias. También quería intentar buscar un colgante con mi nombre en árabe. Lo primero lo conseguí, lo segundo no. El Soko es un lugar bonito, pero agobiante, ya que los vendedores nos acosaban para intentar vendernos cualquier cosa. Por la noche cenamos, jugamos a la cartas, dimos una vuelta por la plaza de Jemma El Fna y ahí acabó el día.
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19 de junio de 2011

Bitácora viaje a Marruecos – VIII Parte

DÍA 8                                                                          Sábado, 14 de agosto de 2010
Tougine-Tamezrit-Lago Tamda-Tougine
A veces uno no sabe por dónde comenzar a escribir. Estas palabras las escribo desde el SAM_2324Lago Tamda, el objetivo buscado en este viaje. El lugar al que pensamos que no llegaríamos. Hemos tardado más de una semana en llegar a pie hasta aquí. Lo que se ha resistido. Nos levantamos a las 6 de la mañana. A las 7 y media nos pusimos en marcha. Probablemente en las semanas o meses siguientes entenderé el calado de esto y entenderé que estos más de 100 kilómetros que hemos hecho a pie, así como el doble o el triple que hemos hecho por otros medios, no está al alcance de todos. Mientras veía el lago de lejos, corríamos Néstor y yo en su búsqueda, queriendo abrazarlo. Quería llegar, quitarme la pesada carga de mi mochila, las botas, la ropa y nadar en el lago mientras gritaba de desesperación. En mi cabeza sonaban las canciones “Sara” y “San Pedro” de Revólver porque eran las que meses atrás escuché para encontrar tal vez las ganas, las fuerzas, la motivación exacta para esta aventura. Mientras estaba en ese llano, abrí las manos, recibiendo el viento frío que me había helado durante parte de la subida. Grité como un loco, bailando, luchando mis pasos con el camino de piedras. “Venga, vamos. Venga, un poco más. Venga. ¡¡Vamos!!”, me decía a mi mismo. Me sentía exquisitamente loco, si acaso estúpidamente orgulloso por algo que sólo yo valoraré, que nadie le dará más relieve que yo, como siempre.
Mañana, tal vez me sentiré agotadísimo. Más, aquí, ahora, estoy mirando este lago y este cielo blanquecido. Una bóveda celeste tanSAM_2338 blanca como una hoja por escribir. Como un folio que anhela que lo rubriquen. Que cuente en su nada, que después de todo lo pasado habrá un final feliz. Siempre lo hay. Sólo hay que buscar las palabras exactas que pongan el adecuado punto y final. Ya he de marchar. Los chicos ya han partido. Sé que nunca más volveré a estar en ese sitio, por eso quiero apurar al máximo estas emociones contradictorias. Me marcho con la misión cumplida. He contado todo lo ocurrido, he asomado la cabeza al mundo real y este lago ha hecho su trabajo como debía hacerlo, y sin yo pedirle nada. Me voy de aquí para siempre con el regalo que dejo intercalado en mitad de estas líneas esbozadas con el mismo orden que cualquier lugar de Marrakech. Y en esa entropía, seguiré escribiendo.
Pero será mejor que esta historia de hoy del lago, ahora que ya estoy sentado y tranquilo, la comience SAM_2319por el principio. La llegada hasta el lago Tamda fue ardua, no por las horas empleadas, que también, sino por el esfuerzo requerido. Porque a estas alturas estamos muy justos. Es la firme realidad. Hoy Ada no vino con nosotros. Sólo fuimos Nes, Isra y yo. Ella se quedó en el Git enferma. El dueño del Git nos sugirió otra ruta por la cresta de las montañas para no tener que ir hasta Tamzerit. Igual fue una buena solución. A posteriori es difícil saberlo. Da igual. Nos quedamos al pie de una degollada. Puse la marcha al inicio y durante una hora caminé yo solo. Los chicos iban a un ritmo pausado, descansando. Pero al cabo de esa hora los chicos me alcanzaron y me dejaron atrás en el cauce de un riachuelo casi seco. Después de esa hora de camino, cuando me habían alcanzado, nos perdimos. No encontramos el verdadero camino.
No volvimos hacia atrás, sino que fuimos campo a través. Cada uno tomó un camino diferente. Isra se cayó. Maldijo. Se hartó. Ya estaba oficialmente perjudicado mentalmente. En plena ascensión volví a unas ensoñaciones habituales, a los ya habitualesSAM_2329 mareos, a confundir la realidad con los sueños. Comencé a tener frío. Los pies se resbalaban. Sentí dolor. El corazón, a mil kilómetros por hora. Las manos las tenía heladas. Miré solo al suelo. Tras sobrepasar el primer collado, me coloqué en la vanguardia de la marcha y hasta comencé a correr. Sentí que alguien venía por detrás. Comencé a correr. Alguien me apartó, forcejeamos, no le dejo pasar, pisa mal y cae al suelo por mi empujón. Es Néstor, quien se hizo daño. Me siento culpable. Se calla, pero su cara lo dice todo. Qué estúpido fui. Ojala no lo hubiera hecho. ¿Por qué lo hice? Al llegar al collado final, tras dos horas y media, Isra dijo que no podía más y se quedó allí porque decía que no podría subir todo lo que tendríamos que bajar hasta el Lago Tamda.
Nes y yo bajamos, primero a paso ligero. Yo acabé corriendo y gritando desesperadamente. Mis pasos eran osados, sin importar caídas, sin importar el daño que me pudiera poder hacer. De mis ojos salían lSAM_2321ágrimas. No sé por qué. Cuando llegamos al llano endorreico, seguí corriendo, abriendo los brazos y gritando como un poseso. Llegamos en tres horas. Al cabo de diez-quince minutos llegó Isra, quien se sumó a nosotros porque según expresó: “Escuché gritar a William bajando y no quería quedarme sin llegar hasta el lago”. Estuvimos en el lago una hora y volvimos para subir de nuevo el collado y luego bajar hasta Tamzerit. La bajada hasta el pueblo fue larga, pero tranquila, al menos para mí. Hacía un calor espantoso. Nes e Isra estaban absolutamente destrozados, extenuados, sin resuello, deshidratados, fatigados absolutamente. No habíamos llevado nada de comer, apenas un trozo de pan y mantequilla. Eso no dio para reponer fuerzas. Yo, con parsimonia iba a unos 50-100 metros detrás de ellos.
Llegamos a la carretera que nos debía llevar de vuelta hasta Tougine. Cuando faltaban unos pocos metros para llegar vimos un Jeep de lejos. Isra corrió para que nos vieran y nos parasen para llevarnos. Ellos preguntaron: “¿Españoles?”. Néstor llegó, subió sus gafas y con cierta consistencia sentenció: “Canarias”. En el Jeep había dos franceses y un español de León, que venían desde El Aioún e iban hasta Francia. Nos llevaron hasta el Git T’etape, pero a Isra y a mí nos pusieron en el techo porque no había más espacio en el interior. Fue entonces cuando me sentí feliz, libre, dichoso como un niño durante más de media hora aproximadamente.
El viento en nuestras caras golpeaba mientras nos sujetábamos con fuerza para no caernos. Fue una divertida y estimada experiencia que agradecimos. Isra y yo reímos a carcajadas y nos relajamos. Los ocupantes del cocheSAM_2357 alucinaban incluso más que nosotros viéndonos pasarlo tan bien, gritando y pidiendo más y más. Nos sacaron varias fotos mientras Isra y yo seguíamos exultantes. El conductor se animaba pisando el acelerador, cogiendo los baches, tocando el claxon e incluso poniendo música. No deseaba que ese paseo acabase nunca. Pero todo lo bueno acaba y ese paseo acabó. Pasamos toda la tarde en el Git, agotadísimos, jugando a las cartas y el día en Tougine nos despidió igual que nos recibió hace una semana en Azilal, con lluvia, rayos y truenos, pero esta vez yo estaba más tranquilo. La tormenta ya no me intimidó. Asumí este viaje sentado como lo estoy ahora en la ventana mientras escucho caer la lluvia. Salen ahora las primeras estrellas y la luna creciente.
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15 de junio de 2011

Bitácora viaje a Marruecos – VII Parte

DÍA 7                                                                      Viernes, 13 de agosto de 2010
Tamezrit-Tougine
Ya no hay fuerzas. Cumplimos una semana aquí y estamos en un estado lamentable. Anoche de nuevo apenas pude dormir sino una o dos horas. Hemos pospuesto el ascenso al Lago Tamda porque Ada tenía diarrea y hasta ganas de vomitar. Isra, aunque está fuerte, también está mal de la barriga. Nes está deshidratado y extenuado. Decidimos volver de nuevo a Tougine para quedarnos en el Git T’etape que hay allí. Salimos de Tamzerit a pie. Primero esperamos donde nos dejó ayer el armatoste con ruedas con la esperanza de que llegara alguien que nos llevara. Sólo había una furgoneta que se dirigía hasta Ouarzazate. Después de unos diez o quince minutos, y tras consular el estado de Ada, que apenas podía dar un paso, decidimos caminar hasta la carretera. Es aquí donde ahora mismo escribo. Llevamos esperando un tiempo que bien podría ser largo o corto. ¿Qué más da? Ya perdí toda noción del tiempo.
Ahora mismo Nes está con la cabeza gacha allá, a lo lejos. Muy cerca de él, como SAM_2302siempre, está Isra, a quien le duele la barriga y persiste en la idea de que fue el té de Mahmud el que le ha dejado en ese estado. Ada, enferma, está en una curva, casi el único sitio donde ahora mismo hay sombra. Seguimos aquí, en mitad de ningún sitio, sin más medios que nuestras piernas, sin más posibilidades de salir. Al amanecer estaba dispuesto a hacer la machada de los 25 kilómetros hasta el Lago Tamda y Amerintine. Me lo planteaba como algo personal. Sin embargo, entendí y comprendí que el principio de prudencia bien valía aplicarlo al día de hoy en vista del estado de Ada e Israel.
Me ha invadido un profundo sentimiento de desesperación, de querer salir de aquí. NoSAM_2296 tenemos agua, no tenemos cobertura en los móviles, me pica la piel, me duelen los labios, la cara, entre otras partes, tengo mucha sed y por aquí no pasa nadie. No tengo fuerzas. No pienso en nada ahora mismo. De repente, a lo lejos, un motor. Alguien me ha escuchado y ha querido salvar la situación desesperada. Llegamos a Tougine, al Git T’etape. Ada se duerme visiblemente enferma. Yo, mareado, decido acostarme. No tengo fuerzas. No me llegan para seguir escribiendo. En esta vasta y vacua tierra no conocida antes, lo mejor será soñar con momentos mejores y abrazarme a los sueños que teje mi promiscua almohada temporal.
  Hemos estado todo el día acostados. Ada sigue mal y la ascensión al Lago Tamda está en el aire. Estamos acostados escuchando Extremoduro. Por la tarde le preguntaron al dueño del Git T’etape de SAM_2308Tougine por el precio de la botella de agua. Nos quería cobrar 10 Dirman cada una. En otros pueblos nos lo habían dejado a la mitad. Quisimos bajar a la tienda del pueblo para comparar el precio. Le dijimos al dueño que íbamos a comprar coca cola, que era verdad, pero también queríamos comparar. Comenzamos a bajar y el dueño del Git fue corriendo a la tienda para que nos vendieran el agua, o quizá para que nos la vendiera al mismo precio. Eso pensamos porque además nos dijo que el nos vendía el agua. Luego volvió a subir, y cuando nosotros que íbamos con suma parsimonia llegamos a la tienda detrás nuestro estaba el dueño del Git, controlando lo que comprábamos. Una anécdota que nos dejó desconcertados y a mí un poco de mal humor. Íbamos a llevar para mañana tres botellas de agua, pero le dije a Néstor que me dejara a mí la negociación al día siguiente, pues no estaba dispuesto a comprar agua a cualquier precio. Si la vendía a 10 Dirhams, yo sólo llevaría una y que el resto, la buscaríamos en Tamzerti, en alguna fuente.
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12 de junio de 2011

Bitácora viaje a Marruecos – VI Parte

DÍA 6                                                                             Jueves, 12 de agosto de 2010
Ain Ali N’to-Megdaz-Tougine-Tamzerit
El comienzo del día fue espantoso. No sabía casi ni donde estaba. Desayunamos SAM_2237moderadamente. Durante la comida nos enteramos de que el horario por el que nos regíamos estaba mal. Llevábamos cinco días con una hora de adelanto. Según nos dijo el dueño del Git, aquí son dos horas menos que en la península, y una hora menos que en Canarias. A mí eso me daba igual, ya que hemos estado cinco días sin tener que mirar la hora sino para levantarnos. Después de desayunar y sin demasiadas prisas nos fuimos camino de Megdaz, el destino al que debíamos llegar ayer, pero en donde no pudimos llegar porque Ada se comenzó a sentir mal. El camino hacia Megdaz nos costó unos 45 minutos. Al llegar nos encontramos con un señor mayor, Ait Hasso Lahsen. Primero me dio la mano, apenas entendí nada, le dije que veníamos de Ali Ait N’to, que habíamos dormido allí y que estábamos en Megdaz de paso. Todo ello, claro, por señas.
SAM_2238 Como dejé de hacerle caso, se dirigió a Néstor, que le dijo que había estado allí en el mes de febrero de este mismo año. Ait Hasso Lahsen nos hizo un pequeño recorrido por las mejores vistas de Megdaz. Luego nos llevó a una especie de Git con una puerta minúscula. Nos invitó a un te, pastas y nueces mientras veíamos algunas fotos del Atlas. Nos sacamos fotos con él y nos dio su dirección para que le enviásemos las fotos. Antes nos había dirigido hacia una especie de azotea-patio donde había unas vistas magníficas de Megdaz, sin lugar a dudas, el pueblo del Atlas más atractivo y bonito de entre todos los que visitamos.
Para llegar hasta esa especie de azotea tuvimos que subir unas angostas y mínimas escaleras que superamos sin dificultades, SAM_2246pero que a mi me impresionaron: “Cuantas personas no habrán caído por aquí”, pensé para mi mismo. Fue en Megdaz donde Isra avisó de que comenzaba a sentirse mal. Tenía los mimos síntomas que había tenido Ada el día anterior. Sin embargo, Isra aguantó, y aunque le dolía el estómago, logró seguir el resto del día. Le dimos a Ait Hasso Lahsen 20 Dirham y nos fuimos a Ait Ali N’to, ya que en el Git dejamos las mochilas para subir hasta Megdaz sin pesos. Al llegar nos acostamos durante aproximadamente media hora. Se estaba tan a gusto allí, que pensé en que bien podríamos quedarnos uno o dos días más y sentir hasta en las entrañas aquella paz y tranquilidad, ese viento fino como la seda de unas montañas que eran mágicas para mí.
Bebimos unos refrescos y algo de agua, como siempre del tiempo tirando a caliente y de manera oficial emprendimos la cuarta etapa que nos debía llevar caminando primero hasta Toufrine. Ya habíamos caminado unos 8 kilómetros de Ait Ali N’to hasta Megdaz (ida y vuelta), y nos restaban los 12 hasta Tougine. Nos costó mucho porque hacía mucho calor, aunque esta vez estábamos bien aprovisionados de agua. Sin embargo, el agotamiento hizo mella. Caminamos con todo el sol del mediodía y eso nos perjudicó. Atravesamos algún pueblo en el que sólo había unas cuantas casas. El camino principal de ese pueblo estaba infectado y jalonado por doquier de cientos de latas de sardinas viejas y aplastadas. La suciedad era un decorado desagradable. Llegamos a Tougine por la tarde agotados pese a que el camino no nos exigió demasiados esfuerzos.
Al llegar a Tougine, oficialmente pisábamos asfalto. Camino de coches, ya estábamos un poco más cerca de la civilización. Qué error más grande cometí entonces al pensar así. Pensamos que ya estábamos en un mundoTODOS - Megdaz (2) más civilizado porque en Tougine había dos viejas y pequeñas tiendas invadidas por moscas y avispas. Pese a ese triste decorado, lo cierto es que eran, en comparación con lo visto en los valles del Bougue Mez y Tessaout, las más decentes de todo. Compramos unas latas de sardinas y nos dieron pan del día anterior. Con eso comimos al lado del río. Tras comer, vimos que había una “furgoneta-guagua-todo terreno” (por ponerle algún nombre a aquel armatoste con ruedas) que era la que nos debía llevar hasta Tamzerit, nuestro punto final del día. Tuvimos que esperar algo más de una hora hasta que partiera. El pueblo no era tal. Eran unas pocas casas dispersas y fuera de las tiendas había un grupo de unos 25 chicos. Ni una sola mujer. Desde que llegamos me sentí por lo menos yo, más que observado, investigado, casi violado de arriba abajo, era una sensación desagradable. 25 hombres mirando tanto de soslayo, como en ataque directo hacia nosotros, como si fuéramos invasores de su realidad. Yo bajé la cabeza y esperé el momento en el que el artefacto con ruedas nos llevara hasta el último destino.
A media tarde nos dieron el aviso. Pagamos 20 Dirhams cada uno y montamos en aquella cosa que tenía más años que yo. Tenía unos pompones en el salpicadero, un decorado propio de otro mundo añejo, alejado de la tecnología. Los asientos parecían que en breve se romperían. Se tambaleaban tanto que por momentos creía que se iba a caer. El suelo tenía agujeros por el que pasaba todo el polvo de la carretera. Carretera, un nombre que le queda grande a ese camino de baches y tierra de quinta categoría. El polvo se metía dentro del habitáculo y teníamos que taparnos la boca y la nariz con las camisas porque apenas podíamos respirar debido a que todas las ventanas de atrás no se podían abrir. De fondo, escuchábamos música en árabe repetidas veces. A los chicos no les gustaba, en cambio a mí me pareció una banda sonora ideal en este lugar. Tras aproximadamente algo más de una hora por un camino tercermundista llegamos a Tamzerit. Fue este pueblo de infausto recuerdo para mí porque ya me sentía extenuado.
En Tamzerit tuvimos el problema del hospedaje, de la cena, del agua, de la comida del día siguiente. No nos trataron bien nada más llegar. Buscamos por el pueblo y sólo encontramos burlas y risas. Caminamos hacia arriba, ya que este puedo también estaba disperso y se dividía en dos partes. El sol estaba a punto de ocultarse por las montañas y seguíamos perdidos, buena27muertos de sed, agotados. Entonces, cuando estábamos a punto de desesperar salió a nuestro encuentro un viejo con una toga al que hicimos señas para que nos dijera un lugar en el que encontrar agua, comida y poder dormir. Nos llevó a la casa de un señor. Llegamos entonces aquí, desde donde estoy escribiendo. Queríamos saber donde estaba el camino hacia nuestro próximo y último destino: el Lago Tamda. Por eso subimos lo más posible. Con esta buena gente apenas logramos comunicarnos. Hablan poco francés, como nosotros, y parece que hablan un dialecto del berebere, o quizá árabe. Ya no lo sé, ni me preocupa. Ya nos íbamos hacia la parte baja de Tamzerit, de nuevo sin rumbo para comprar algo para el día siguiente en una especie de venta vieja, lóbrega. Entonces el señor de la casa, de nombre Mahmud, nos invitó a entrar para decirnos dónde podíamos dormir. Eso hicimos. Nes y yo vimos la habitación y convencimos a Isra y Ada para que nos quedáramos. Finalmente Mahmud nos trajo agua, te, sopa, pan, aceite, y según Ada, la mejor mermelada que había probado. Y así finalizó un día que se suponía de relax y que acabó de una forma desesperada, al menos para mí.
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23 de mayo de 2011

Bitácora del viaje a Marruecos – V Parte

Quinta parte del serial sobre mi viaje a Marruecos en verano pasado. 

DÍA 5                                                                     Miércoles, 1a de agosto de 2010
Amezrit-Imi N’Ikkis-Ichbakenne-Ain Ali N’to
Con una cena de cuestionable cantidad y calidad, que ni tan siquiera fue servida con Valle del Tessaout4agua, así como una noche en la que por tercera vez apenas pude dormir, pusimos el despertar a las 7 de la mañana (6 hora local). Sin embargo no nos levantamos hasta unos 40 minutos más tarde porque estábamos casi yertos en la cama. Nos preparamos y tuvimos que esperar el desayuno que consistió en un par de trozos de pan del día anterior con un poco menos de miel. Fue una miseria, pero fue más por la escasa calidad del Git T’etape, que en teoría era de segunda categoría (los mejores son de primera categoría). Como no pudimos conseguir nada más que las sardinas, aprovechamos para robar un par de trozos de pan para el almuerzo, que no vendría mal habida cuenta del hambre que, por lo menos yo, estaba pasando.
Nos pusimos en marcha con la intención de llegar a Megdaz. El camino era más sencillo que el del día anterior, también más anodino. Al principio del día estuve hablando con Isra sobre este viaje. Le decía que seguía sin ilusión pese a estar aquí, porque a pesar de vivir experiencias y aventuras y poder decir: “He viajado y estado en Marruecos”, le decía que era como construir una casa por el tejado, ya que faltaba el suelo y los pilares. Me faltaba algo. También le comenté algo relacionado con este país, que socio culturalmente Marruecos era diferente y que tal vez querría romper con el ambiente que habitualmente tengo en Tenerife y quedarme en este país. Sin embargo, debía tener claro que si hacía eso sólo se trataría de una huída, pues aquí también hay gente atrapada en una sociedad y una cultura diferente y que en muchos casos querrían ellos entrar en nuestro modo de vida. Pero sí, es cierto que querría conocer de primera mano otras culturas y que quería entrar en ese juego. Me planteé entonces la certeza de querer seguir viajando a otros países minoritarios, para conocer otras culturas, otras realidades que no se venden en una agencia o guía de viajes.
Más o menos a medida mañana me dio un vahído, un mareo que me hizo poner la rodilla en tierra. Literalmente me tiró en el suelo. Sólo llevaba litro y medio de agua prácticamente caliente. No había desayunado apenas y como dije, la cena había sido pírrica. Las fuerzas eran escasas y este quinto día por primera vez en la montaña se sentía calor. Al cabo de una hora nos sentamos en una anastomosis del río a descansar. Por esas entonces yo ya iba de nuevo rezagado debido al vahído del que sólo supo Israel y al ritmo normalmente rápido que imprimían Néstor y Ada. Al pararnos cerca del río, en un par de minutos llegaron como unos siete niños que no paraban de decir y repetir “Amsho, amcho”. Néstor sacó los creyones para repartirlos y todos fueron a por él como moscas, levantando las manos y repitiendo con desesperación lo mismo: amsho, amcho. La imagen era desesperada viendo aquellos pedigüeños niños.
Isra le dio a una niña una caja de colores ‘destrangis’ y yo repartí las pocas golosinas que me quedaban. Más, yo no iba a permitir que me invadieran y acosaran desesperadamente como a Néstor y les hice señas para que es pusieran en orden. A cada uno le fui dando golosinas y cuando sólo me quedaba una pastilla de goma, todos vinieron a por mi desesperadamente. Entonces una de las niñas, la única que no se abalanzó por mí, me la pidió por ser la única que le estaba haciendo caso. Y eso mismo hice. Le di la última pastilla a ella porque fue la que mejor se portó. Realmente aquella niña era con mucho la más inteligente de ellos. Se notaba en que algunas cosas que le decíamos las entendía, era obediente y hasta nos presentó a todos sus amigos en francés. Eran buenos niños, no pedían dinero, se conformaban con cualquier cosa, con jugar, con hablar, con hacernos compañía. Eran humildes y claramente pobres.
Continuamos en dirección a Imi N’Ikkis primero y hacia Ichbakenne después. Sólo vimos dos pueblos y no tuvimos claro qué Algún lugar entre Amezrit y Ain Ali N'tositios eran. Al llegar allí nos invadieron los niños que no hacían más que repetir lo mismo: amshó, amchó. Estábamos agobiados ante tal avalancha de niños, pero no teníamos nada para darles y lejos de resultar de ayuda, acabaron por ser un mal que no pudimos evitar. Nos gritaban, no nos respetaba y hasta confundían nuestros pasos, ya que al preguntarles por Ichbakenne, nos señalaban primero una dirección, y luego otra. Entre ellos se contradecían las direcciones que había que tomar y en particular yo, me volví loco. Me desesperaron. No resultó agradable. Al llegar al primer pueblo, cuando salimos de él, perdimos el camino verdadero y a partir de entonces no tuvimos más remedios que caminar por el lecho del río que pese a ser agosto, llevaba cierto caudal.
Vadeamos el río tantas veces que perdí la cuenta. Me vino a la cabeza el éxito de Tam Tam Go “Voy cruzando el río”, el cual canté como banda sonora de ese día. Enseguida me volví a mojar las botas y los calcetines. Así Boullil - diferencias sociales niño-niñafue todo el día, cuando se me secaban un poco, se volvían a mojar por el río, así que tuve que caminar con los pies mojados. Pero no sólo fue el agua, ya que también se unieron las trampas de barro que nos sorprendieron. El barro nos hundía los pies de forma desesperada y yo, en particular, acabé con todas las botas repletas de barro. Por momentos pensaba que se me iba a hundir el pie hasta las rodillas. Fue agobiante. No era ni la una del mediodía y yo estaba ya sin agua para beber, con hambre, llagas, mojado, lleno de barro, además de con muchísimo cansancio acumulado, tanto físico, como mental. Paramos para comer, pero no teníamos apenas agua, así que tuvimos que buscar en una fuente, una de las pocas que vimos. Fue algo salvador porque particularmente yo estaba muy deshidratado. Isra, Nes y yo subimos unos derrubios para llegar hasta la fuente que tenía agua fría.
Le pusimos unas pastillas para filtrar el agua y pudimos comer con líquido elemento. Sin embargo no podíamos tener toda la que hubiésemos querido, pues sólo teníamos una botella cada uno y subir hasta la fuente, con las fuerzas justas se hacía muy agotador. El día, como dije, era aburrido, pero para Ada acabaría siendo espantoso porque después de comer le entró un extraño bajón, una fatiga y escalofríos que la dejó literalmente acostada en el sitio. No se podía apenas ni mover, ni dar un paso. Tenía debilidad de piernas. Dijo que no podía caminar más, que sólo se iría en burro hasta el Git T’etape de Ain Ali N’to. La diosa fortuna quiso que unos minutos después pasara justo por allí un hombre con su hijo y su mujer montados en dos burros. Ada y Nes negociaron para que la llevaran a ella hasta el Git T’etape de Ain Ali Nto y el hombre aceptó a cambio de 200 Dirhams (unos 20 euros). Ada se montó en el burro y con ella, su mochila y la de Néstor que hacía de contrapeso en el burro.
Camino a Tabant Por la noche, en el Git T’etape de Ain Ali N’to, Ada me aseguró que una señora en Imi N’Ikkis le había echado mal de ojos cuando, durante el acoso de los niños, uno de ellos le había pedido dinero y ella se había negado. El caso es que Ada se fue, Nes quedó más tranquilo. Isra fue a buscar un poco más de agua de la fuente para él y Néstor. Después seguimos el camino que, supuestamente debía haber sido de cuatro horas hasta Ain Ali N’to. Néstor iba sin mochila, pero se ofreció a cargar la mía y la de Isra cada media hora. Cuál fue nuestra sorpresa cuando al cabo de hora y media llegamos al Git T’etape de Ait Ali N’to, justamente cuando volvía a quedarme rezagado y a estar con los pies empapados pero paradójicamente deshidratado. Ada estaba en el Git, pero acababa de llegar porque el burro tardó casi lo mismo que nosotros, ya que se paraba a cada rato.
Cuando llegamos, Ada no estaba mucho mejor. De hecho, hasta la noche no volvió a sentirse un poco mejor, así que nuestro punto final del día fue Ain Ali N’to. Tendríamos que dejar Megdaz para el día siguiente. En el Git T’etape conocimos unos niños: Houda de 11 años, Bouchra de 12 años, Nawal de quince y un pequeño de poco más de un año. Al rato llegó Imad, de 16 años y Mohamed, un joven que sobrepasaba la veintena. Imad era hermano de Houda. No sólo eran buenos niños, sino que también eran educados, iban bien vestidos, desde luego se notaba que eran los más afortunados de todos cuantos nos encontramos en Marruecos. Eran inquietos, enseguida Ada, Nes y yo nos entendimos con todos ellos. Nawal, que sabía árabe, francés y berebere, nos escribió nuestros nombres en árabe y berebere. Cuando Nes e Isra se fueron al río, llegó Imad, un chico encantador con el que hablamos mucho tiempo de cosas sin mayor importancia. Que si estaba en el colegio, que le gustaba más vivir en Marrakech, donde estudiaba, porque además allí tenía amigos. Seguimos hablando con Nawal en francés y con Imad en inglés. Lo cierto es que fue muy familiar. De noche comimos cous cous, el mejor de todos cuanto comimos esos días. El dueño nos cobró 100 Dirhams a cada uno por todo, lo cual valía la pena, pues todo estaba limpio e incluía hasta la ducha. Yo, después de más de cinco días, pude ducharme, aunque sin jabón y con agua fría. Como dije, el día fue un poco aburrido. Además de maratoniano, ya que tardamos unas ocho horas en llegar, y ni tan siquiera alcanzamos nuestro objetivo final, Megdaz debido al malestar de Ada.
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19 de mayo de 2011

Bitácora del viaje a Marruecos – IV Parte

Cuarta parte del serial sobre mi viaje a Marruecos en verano pasado. 

DÍA 4                                                                              Martes, 10 de agosto de 2010
Rougoult-Tizin Rougoult-Jebel Wagraraz-Tasgaïwal-Amezrit
La noche anterior, Mohamed, el hombre del Git T’etape de Rougoult nos dijo que teníamos que coger por la derecha para hasta Amezrit, pero estábamos recelosos. Por la tarde, uno de los niños nos había dicho exactamente lo mismo que Mohamed, pero nosotros queríamos seguir recto por el camino por el que habíamos subido desde Bouollil.. Cuando nos levantamos en el día de hoy, antes de las siete de la mañana (seis, hora local), cogimos el mapa y la brújula y, en efecto, nuestro destino estaba hacia la derecha, es decir, hacia el sur, que era donde teníamos que ir para caminar por el valle del Tessaout. A pesar de todo, yo tenía mis dudas.
<SAMSUNG DIGITAL CAMERA> Subimos durante hora y media por le lecho del río. Detrás de nosotros venía una mujer montada en una mula que estuvo yendo poco a poco y que al cabo del tiempo no sólo nos alcanzó, sino que nos superó y dejó atrás sin problemas. Yo casi desde el inicio me quedé rezagado. No me sentía bien. No habíamos desayunado esta mañana y anoche casi ni había cenado. Me sentía torpe, débil. Caminar por el lecho del riachuelo, cruzándolo decenas y decenas de veces, resultó agotador. Por momentos creí desfallecer. Sobre las nueve de la mañana paramos para comer algunos frutos secos que habíamos comprado en Marrakech y tomar algo de agua, cosa que agradecí porque estaba desfallecido. Al cabo de unos cinco minutos vimos que sobre nosotros había una casa y en ella, sobre el tejado, dos niños. Posteriormente bajó por la ladera un hombre joven con un perro. Néstor le ofreció frutos secos y él aceptó. Al cabo de un par de minutos, el joven hombre le dijo “té” y Néstor no lo dudó, aceptó la oferta. Yo le secundé. A los pocos minutos cogimos las mochilas y subimos los 80 metros que separaba el lecho del riachuelo hasta la casa de aquel hombre llamado Hassan.
Estábamos a 2.000 metros de altitud y al llegar vimos un gran rebaño de cabras. Hassan nos invitó a su casa y nos preparó un té. Entramos en su mini cueva que tenía por casa y vimos todo el proceso de la preparación del té mientras nos sacábamos alguna foto con él en el interior de su casa. Isra aprovechó para regalarle una caja de creyones a una de sus hijas. Hassan acabó de hacer el té y nos lo sirvió pero con señas le pedimos que nos acompañara y así lo hizo él. Nos tomamos unos 3 ó 4 vasos. Al final, Néstor y yo le regalamos dos camisas y dos bolsas de frutos secos. Después de unos 45 minutos y embriagados del encanto de lo más simple seguimos el curso del riachuelo que remontaba la garganta. Yo volví enseguida a quedarme atrás. Comencé a sentirme mal del estómago. Expulsaba flatulencias, me sentía débil. A medida que subíamos, el cuerpo se me ponía más pesado y torpe. Comencé a marearme, a caminar cada vez con más torpeza.
Por momentos perdí la noción del tiempo y hasta del espacio. No sabía qué me pasaba. Veía borroso. No pensaba en muchas cosas salvo en lo inútil que era yo en ese momento. Rezagado, medio enfermo, agotado, sin capacidad ni oportunidad para tomar decisiones sobre el camino a seguir, puesto que de nuevo no sabíamos si estábamos en el camino correcto o no hacia el Puerto de Tizin Rougoult. Néstor era el negociador en todos lados, las relaciones públicas, era la luz, las manos, los ojos, era el 80% de nosotros y yo, me sentía el último de todos, no sólo durante la ascensión, sino en cualquier otra oportunidad. Cerca de las doce y con un agotamiento extremo paramos. Yo llegué muy rezagado.
Estaba absolutamente exhausto. Me quité las botas, me recosté y cerré los ojos. Donde paramos había dos cabeceras de valles que confluían en el que habíamos estado subiendo y no sabíamos por dónde coger. La guía que tenía Néstor decía que debíamos seguir el riachuelo, pero por el riachuelo allí no había sendero alguno, éste estaba justo en la cabecera del valle que no tenía río. Ante esa disyuntiva, Néstor dijo de hacer un largo descanso. Se bañó en el riachuelo y nos refrescamos. Yo cerré los ojos y dejé que pasara el tiempo.
Al cabo de varios minutos llegó un joven, era un pastor de cabras. Néstor le saludó y le preguntó por donde se iba hasta el puerto de Tizin Rougoult, y éste le hizo señas con las que quería decir que debíamos tomar el camino que había, es decir, por el valle sin río, ya que éste luego se unía de nuevo al riachuelo. Néstor se hizo fotos con él. Era un chico abierto, amable y al final, se ofreció a llevarnos hasta cerca del Puerto de montaña. Tras una hora reanudamos la marcha. Yo, como siempre, me quedé muy rezagado, pero es que el pastor imprimía un ritmo inaguantable. Como el camino a veces se perdía y ellos iban bastante más adelantados, por mí estaba esperando siempre el perro del pastor para guiar mis pasos. Fue increíble que el perro estuviera pendiente de si subía o no.
Después de una media hora aproximadamente me encorajiné y comencé a recortarles distancias. Al final llegamos primero a un descansillo de césped. Continuamos un poco más hasta algo parecido a un circo glaciar con unas vistas espectaculares, con un inmenso talud de derrubios y más césped que parecía una moqueta. Hasta allí es donde nos podía llevar ese pastor, que se unió en aquel falso llano con otro pastor. Nos ofreció hacernos un té. Se puso a buscar la leña de ramas secas para hacer el fuego para calentar el té. Nosotros aprovechamos para comernos las cuatro latas de sardinas que compramos la noche anterior. Ellos nos invitaron a pan. De ese modo, entre nosotros cuatro y los otros dos pastores nos comimos tres latas con el único pan que teníamos y que compartimos. La última lata se la regalamos, además de 5 Dirhams cada uno.
Después de comer en el césped nos recostamos un rato. Nos quedaba, sin lugar a dudas la parte más dura, el final del puerto, cerca de 300 metros de ascensión. Por primera vez en todo el día no me quedé rezagado. Volvía a sentirme mejor. Lo que pasa es que cuando estábamos a punto de coronar el Puerto nos dividimos porque había dos caminos. Yo seguí a Isra, que marchaba primero, y Ada a Néstor. Coronamos el puerto Isra y yo, pero al final no vimos a Néstor. Isra y yo cruzamos la arista y fuimos en busca de Néstor. Éste y yo decidimos subir la montaña de la derecha, que era un 3.000 metros, el Jebel Wagraraz. Estábamos en el Tizin Rougoult, a 2.850 metros, pero nos hacía ilusión hacer un 3.000 metros. Sólo fuimos Néstor y yo porque Ada e Isra no querían. Al cabo de media hora bajamos tras hacer cima. Luego, sin saber muy bien por dónde coger y con las señas de otro pastor, bajamos hasta Tasgaïwal primero y luego a Amezrit. Bajamos en una hora, pero luego no sabíamos cómo ir a Amezrit. Por consejo de Isra fuimos por el lado izquierdo del valle de Tessaout. Esta opción elegida era contraria a los deseos de Ada y Néstor, que querían ir por un camino situado a la derecha del valle. Tuvimos que atravesar el río y nos mojamos totalmente las botas.
Al cabo de un tiempo volvimos para atrás para ir por el camino marcado a la derecha del valle del Tessaout. Tuvimos que cruzar de nuevo por el río, pero esta vez por un lugar más peligroso. Posteriormente tuvimos que Nadie mira en Agoutisuperar con un salto un canal hondo. Tuvimos que saltar hasta un muro de piedra al que tuvimos que sujetarnos y luego, escalar un poco hasta el camino. Seguimos por la pista y en un rato, con mucho suspense, encontramos Amezrit. Este pueblo después de Marrakech, fue de lo peor que vimos hasta ese momento. El Git T’etape era un poco andrajoso y con una señora con muy mala hostia que nos pedía, por quedarnos, 130 Dirhams (13 Euros cada uno). No quisimos y después de mucha zozobra, pensando que dormiríamos a la intemperie, y sin comida. Llegó un joven que hablaba un poco de español, Omar, un guía de montaña que había llegado con un hombre francés. Gracias a su intervención logramos que la mujer del Git rebajara el precio a 100 Dirhams cada uno. Luego salimos por el pueblo para conseguir líquido, pues en particular yo estaba totalmente deshidratado. Tenía sed, tenía las botas mojadas, tenía sueño, hambre y con una fatiga espantosa. Los niños eran malcriados, nos gritaban y a Isra en particular le pidieron dinero. No le dio nada porque según leímos y nos dijeron, fomentaba la mendicidad.
Dentro del pueblo había pocas tiendas. Fuimos hasta a tres tiendas en las que nos quisieron cobrar mucho más de la cuenta por una simple botella de agua, además de tratarnos un poco mal. Al final fuimos a una tienda donde compramos cuatro refrescos y cuatro botellas de agua, pero el tendero nos trató mal, más, como estábamos tan agotados, aguantamos el envite. Fue así como llegamos ese día que comenzó con experiencias inigualables como la de Hassan el pastor, o la cima del Jebel Wagraraz de 3.000 metros, y que acabó de una forma que no imaginábamos.
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13 de mayo de 2011

Bitácora del viaje a Marruecos – II Parte

Segunda parte del serial sobre mi viaje a Marruecos en verano pasado. 

DÍA 2                                                                           Domingo, 8 de agosto de 2010
Agouti
El segundo día nos levantamos a las ocho de <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>la mañana (siete hora local). Desayunamos y después de un rato, nos pusimos las cholas y nos fuimos camino a Tabant. Tabant es otro pueblo que se encuentra ascendiendo por la carretera. Según las indicaciones que teníamos, no deberíamos tardar sino poco más de una hora desde Agouti. Fuimos muy poco a poco, sacando fotos, viendo los impresionantes pliegues de las rocas, las casas de adobe, los coches repletos de gentes y sobre todo las plantas, los cultivos, en definitiva, y en conjunto, el paisaje.
El valle estaba repleto de frutales tales como ciruelas, melocotones, almendros, nogales y manzanos. Fueron los nogales y sobre todo los manzanos lo que más nos impresionaron por su número, en gran cantidad. Había incluso más de una variedad de manzanas. Los nogales eran enormes, sobre todo cerca de Agouti. Eso en el valle, en cuanto a las montañas lo que encontramos fueron pinos, cedros y vegetación más rastrera. En general era un paisaje agrario y no demasiado antropizados porque las casas de adobe se mimetizaban con el paisaje, pues era del mismo color de la tierra. Muchas, eso sí, estaban en un pésimo estado, incluso sin techo. Cerca de Tabant, sobre todo encontramos animales de provecho ganadero, rebaños de ovejas, pocas cabras, algo más de vacas y alguna ave de corral.
Observé que eran las mujeres las que más se afanaban en el trabajo. Eran las que lavaban, las que daban de comer a los animales, incluso gobernaban las ovejas y los rebaños que tenían dentro de la casa. Las mujeres cargaban en ocasiones más que los mismos burros, éstos últimos, auténticos protagonistas del bucólico paisaje de la montaña marroquí. Lo habitual era encontrar hombres y niños con burros cargados, trasladando mercancía. Algún contraste sorprendente fue ver a un hombre montado en burro hablando por el teléfono móvil. Sí, porque hasta ahora no he encontrado un lugar donde no haya cobertura.
Me han sorprendido las buenas comunicaciones que existen en ese aspecto. Los hombres eran los menos activos. Es <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>habitual encontrarlos sin hacer nada o sencillamente mirando, mientras que las niñas desde muy pequeñas ayudaban a lavar las alfombras a las mujeres, y los varones jugaban o no hacían mucho. Los niños, en general, aquí en Agouti, caminan y corretean con una libertad inusitada. Nos conquistaron los niños que nos saludaban, se nos quedaban mirando e incluso sin que les dijéramos nada nos saludaban. Encontramos a un grupo de niños jugando con ruedas de bicicletas como si nos hubiéramos trasladado unos 60 años atrás. Los juegos eran básicos, pero se les veían felices y henchidos de satisfacción.
A medida que remontábamos el valle, los nogales, los manzanos y frutales perdían presencia en detrimento de más cereal, que coincidía con un alejamiento o disminución del caudal del río. Caminamos durante tres horas y al llegar a un cartel creímos, durante mucho tiempo, que habíamos caminado más de la cuenta y que habíamos pasado Tabant sin darnos cuenta. Por la tarde-noche, Cristian y Alex, que nos sobrepasaron caminando a toda velocidad nos dijeron que Tabant estaba en aquel cruce hasta donde llegamos a unos diez minutos. Nosotros estuvimos convencidos de que ya habíamos estado, pero no llegamos. Tuvimos que comernos los medios panes con atún en tomate que nos sobró del día anterior con las manos, en mi caso, rebañando con los dedos la lata de atún. Gracias a ello no nos morimos de hambre por el camino. Llegamos al Git T’etape sobre las tres de la tarde y descansamos en la sala de comer.
Al llegar al Git, no pude evitar pensar en lo presenciado, principalmente el papel que ocupa la mujer en este espacio. Creo que es <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>algo indigno, algo marginatorio, injusto e irrespetuoso. Es propio de una sociedad atrasada, estancada. Me he indignado mucho al ver a una mujer de lejos cargada con tanta paja, que estaba completamente doblada del esfuerzo. Parecía más un burro que una persona. Eso me enervó. La mujer es una esclava en la sociedad marroquí. Un cero a la izquierda, y los hombres, mientras, asumen un rol liberado de toda responsabilidad. Hay excepciones, claro, pero lo que he visto sobre todo ha sido eso y no puedo por más que tachar semejante cosa. No es una novedad, no obstante. Sabía dónde me metía al venir acá, pero no puedo evitar sorprenderme un poco al verlo in situ.
Viendo las montañas, los pliegues y la geografía, queriendo estar aquí como presumía, un mes entero, mi naturaleza me llama. Ello me perturba absolutamente. Quizá estas palabras cobren un sentido baldío. Ni las montañas más altas, ni los mayores peligros, ni la miseria, ni lo inimaginablemente carismático y didáctico valen nada, ni ayudaría nada si yo no estoy bien. Y esta tarde, todo el día me sentí mal. Ridículo. Sin remedio. Y fue entonces cuando el maravilloso y grandioso Atlas marroquí, se convirtió ante mis ojos en una calle cualquiera y perdió todo su interés.
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8 de mayo de 2011

Bitácora del viaje a Marruecos – I Parte

Cuando comenzó la idea de hacer este grupo de divulgación y conocimiento de la Geografía tenía un amplio espectro. Poco a poco las cosas se fueron acotando y se quitaron del medio ideas disparatadas. Pero otras no tanto. Este espacio de difusión de esta ciencia en principio abarcaría numerosos temas que tenían que ver con la geografía como ya han podido comprobar, pero había varios espacios que no se han tocado por falta de tiempo, ayudantes y colaboraciones. No adelantaré qué son porque se trata de que esto evolucione, no de que se descubra para que luego caiga en el olvido. Una de esas ideas sería "imitar" a los primeros exploradores del siglo XIX cuando se crearon las Reales Sociedades Geográficas en pos del Imperialismo. Esos exploradores, al igual que todos en el pasado que no eran geógrafos, los navegantes, escribían un cuaderno de bitácora que. Uno de los mejores literatos fue Alexander Von Humboldt, quien además tenía una forma de escribir casi poética. Pues bien, lo que va a suceder los próximos días es que pondré mi cuaderno de bitácora de la mayor aventura que he conocido en mi vida, el viaje a Marruecos, al Haut Atlas el verano pasado. Se trata de un serial sobre de un viaje en plan mochilero-geógrafos para vivir la esencia de aquel país caminando por entre las montañas donde las experiencias fueron únicas. Cada día me dedicaba a escrutar cada detalle, cada cosa que veía, a anotar todo lo que pasaba por mi cabeza e hice un cuaderno de bitácora "Oficial" contando todo lo acaecido en los diez días que estuvimos en Marruecos. El cuaderno es grande, el original tiene casi 50 páginas, pero éste, el oficial, tiene la mitad, así que en la medida que vaya publicando cosas, como trabajos, escritos de opinión, etcétera, iré alternando con lo sucedido cada día en Marruecos en ese cuaderno de bitácora, desde el día 1 hasta el 10, en lo que es un relato geográfico-literario a modo de diario que no deja de describir no sólo con palabras, sino además con fotos de todo lo acontecido en en agosto de 2010 por cuatro locos que se fueron con un mapa, una mochila y la ilusión de la aventura por bandera. Espero que os guste este "cambio de tercio". 

DÍA 1                                                                             Sábado, 7 de agosto de 2010

Tenerife-Madrid-Marrakech-Azilal-Agouti

Ya no queda nada. Dentro de poco comenzará mi mayor aventura. Las montañas africanas de Marruecos. Mi hermana me viene a buscar y vamos al encuentro de Israel que viene del Norte. Me espera en el Campus de Guajara. Llegamos allí y enseguida partimos hacia el aeropuerto del Sur. Allí nos espera Néstor con Ada. La espera de madrugada es ardua. El avión parte a la una de la madrugada. Todo a horas intempestivas.
<SAMSUNG DIGITAL CAMERA>Llegamos a Marrakech a las siete y media de la mañana. El agotamiento de toda una noche sin dormir se nota hasta en los ánimos. Las diferencias estallan en cada detalle ya desde el aeropuerto con los motivos árabes y una arquitectura peculiar, pero agradable. Y eso que yo no sé nada de arquitectura. No hay mucha gente y el día está fresco, con niebla y humedad. Pasamos el control de pasaportes sin mayores problemas. Todo aquí suena a rutina, o quizá sea la mañana, el agotamiento, el estío que lo deja todo con un rostro de fina desidia. Cambiamos las divisas y con extrema parsimonia, casi sin quererlo salimos de la terminal del aeropuerto. Un taxista nos aborda pidiéndonos 120 Dirham (12 Euros) por llevarnos hasta Marrakech. Sin embargo declinamos esa oferta para coger el bus por un total de 80 Dirham (8 Euros), 20 cada uno. Esperando en el bus permanecía callado, serio.
En el bus, pudimos ver las primeras imágenes de las afueras de una ciudad entre tinieblas. Jardines secos, todo a medio hacer, las avenidas infectadas de motos y bicicletas que se erigen en las auténticas protagonistas. Casi sin darnos cuenta llegamos a nuestra primera parada, el parque de Jemma El Fna. En el bus vemos a un vagabundo sucio y con cara de loco masturbándose en plena calle de forma desesperada. Sólo lo vemos Néstor y yo, pero no cabemos en nosotros mismos de asombro. En un semáforo nos paramos. Observo las dos palmeras más perfectas que he visto y se lo comento a Néstor. Escrutándolo nos damos cuenta de que en realidad son dos antenas de telefonía muy bien mimetizadas con el paisaje. Néstor y yo nos alegramos de ver algo positivo en el paisaje geográfico de la ciudad.
Nada más bajarnos un hombre comienza a seguirme y a hablarme en un tono entre amenazante e inquisitivo. Me ataca y no me deja en paz. No deja de increparme. Néstor camina impasible, sin hablar y yo sigo su ejemplo. Pongo mi peor cara de perros para intimidarlo. Al cabo de un minuto, tras pasar la esquina, me abandona. Siento miedo y al mismo tiempo alivio. Zozobro por momentos. Ya en las calles de Marrakech descubrimos una ciudad sucia, desordenada, pestilente y maloliente. Nos metemos en un callejón y vemos a un hombre dando un latigazo a una mujer. La gente en la calle mira impasible la escena. Un ciudadano marroquí, probablemente vinculado con la mujer la defiende entre otra acometida del exacerbado e irascible hombre. Nosotros miramos de soslayo, pero nos quedamos en shock.
<SAMSUNG DIGITAL CAMERA> Nos paramos a desayunar creps con miel y yo me pido un te que está más seco que el desierto. Después del desayuno nos ponemos en marcha nuevamente. Tenemos que comprar el agua y los frutos secos para cinco días. Caminamos por la plaza de Jemma El Fna alucinando con los puestos de zumos de naranja y frutos secos que nos intentan captar desesperadamente a voz en grito. El paisaje ciertamente rural y metropolitano al mismo tiempo. Cruzar las calles es un riesgo, los taxis y motos salen por doquier sin orden alguno y no parece que ni peatones, ni conductores teman por nada y eso que el accidente se masca. Los frenazos y carreras evitando el atropello es algo abrumador. Como constante resulta el olor a meados en toda aquella plaza y sus alrededores. Néstor se decide a comprar los frutos secos, le cobran 180 Dirham, pero regatea y se lo dejan a 130. Nos marchamos en busca de mejor suerte pero no hay manera. A Isra y a mí nos estafan en cantidad pero sabemos lo que queremos gastar. Deambulo por la plaza, vamos en busca del agua al Hotel Alí. Estoy ya casi extenuado, con las piernas temblorosas.
Compramos cada uno litro y medio de agua. A continuación nos dirigimos hacia la estación de autobuses con algo parecido a un mapa de la ciudad que más que ayudar, nos entorpece. Caminamos en línea recta hasta que intentamos segur la ruta que nos marcaba el supuesto mapa. Nos metimos por unas callejuelas estrechas, sucias y donde se comenzaba a vislumbrar que el orden era un concepto alejado de la realidad. Preguntamos en dos ocasiones dónde estaba la estación y nos dijeron con un castellano chapurreado bastante cuestionable. Pero no nos fiábamos y al final acabamos presos de la anarquía de nuestros pasos. Nos paramos en una rotonda y un señor nos cuestiona: “¿Bus estación?”. Decimos que sí. Él nos contesta: “Todo recto. Gran puerta, en frente. Caminar. Cinco minutos”.
<SAMSUNG DIGITAL CAMERA> Isra y yo vamos decididos. Nes y Ada dudan y miran su mapa. Finalmente deciden seguirnos. Allá vamos Isra y yo, con arrojo, valientes por las calles de Marrakech después de los sustos y las sorpresas que nos ha dado el amanecer en esta ciudad. Vamos por unas vías que por momentos se antojaban tan inútiles en uso, como en estado por su 'ruinosidad'. El calor apremia y el color lechoso del cielo intimida. El desierto amenaza con el sabor seco del aire. Ya estamos sudando y comenzamos a impacientarnos después de caminar media hora sin saber dónde está nuestro siguiente destino. Tras cruzar una vía sin paso de peatones, sin semáforo y esquivando coches y motos, atravesamos la puerta. Llegamos a una plaza donde se agolpan un montón de personas. Todo es extraño. Seguimos caminando y al cabo de unos minutos un hombre llega a nuestra altura y con tono amenazante se dirige hacia mí: “Essaouira”. No le hago caso y espero a que lleguen los demás. Cuando Nes llega, cuestiono si ese edificio con aspecto de Recova vieja era la “Bus Estatión”. El hombre con tono de mal humor dice que sí. Nes habla de nuestro destino: Demnate o Agouti. Después de una conversación bastante incompatible e incomprensible, el hombre con aspecto de ladrón desalmado y desesperado nos guía hasta los andenes de la estación. Yo camino el último con miedo porque nos lleva por unos sitios solitarios, sin gente. No entiendo nada.
Entramos en los aparcamientos de los autobuses. El interior de la estación es de un aspecto absolutamente desolador. Si en las afueras todo era de un color triste y alejado de toda seguridad, la estación de autobuses nos sumió de repente en la cercanía al Tercer Mundo, a la aventura más absoluta. La podredumbre, suciedad, su lóbrego aspecto y el mal olor eran la antesala de la más absoluta de la desorganización. Los autobuses llegan y salen guiados por hombres tan desaliñados que bien podrían pasar por vagabundos en cualquier otra ciudad. Néstor y Ada negocian con el guía desalmado que nos había llevado hasta allí para que nos llevara a Azilal, en teoría, cerca de Agouti, nuestro punto para comenzar a caminar por el Alto Atlas. Sin datos oficiales, nos dicen que tenemos que recorrer casi 200 kilómetros. Azilal queda a unos 70 de Agouti, así que hasta el primer punto, en guagua, tenemos que recorrer la friolera de 130 kilómetros.
<SAMSUNG DIGITAL CAMERA> Por coger el autobús hasta Azilal nos estafan 80 Dirhams (unos 8 euros). Esperamos en la sucia acera. Tirados como colillas mientras contemplamos, ya atónitos, como el caos es dueño de aquel mini mundo dentro de otro mundo de degeneración constante. Pocos minutos más tarde, alguien grita: ¡¡Azilal!! Entonces un grupo de unas 20 personas somos conducidos como si fuéramos ganado fácil a las afueras de la estación. Los hombres con aspecto de vagabundos eran los dueños del cotarro. El desorden, los gritos, las órdenes para dejar paso, para impedir que entrásemos las mochilas al interior nos intimida. Expresan rostros amenazantes. Nes tiene un poema de incertidumbre en su rostro, Isra se borra. Yo… yo paralizado, boquiabierto ante la estricta y absurda disciplina de las leyes de la entropía.
Mercancía, eso somos aquí. Nos tratan con tal desdén que no lo puedo concebir. Entramos en el autobús acongojados, sudorosos y presos de un escepticismo nervioso y desconfiado. Estamos, ahora sí, viviendo una aventura en las puertas de África, en uno de los países supuestamente más europeizados del continente. La sensación en el interior del autobús es extraña, de ser algo inaudito, inconcebible. En estas primeras horas aquí, admiro mi valentía, mi arrojo en ocasiones, el hecho de no pensar en nada. Todo esto es una prueba constante en pos de algo. ¿De qué? ¿De cordura tal vez? ¿De realismo quizá? En este peligro constante que todos ignoran por completo.
El viaje en autobús se instala en la intrepidez de un conductor atrevido en exceso o quizá loco por los adelantamientos y la velocidad que nos remueve en el interior y que a mí me acojona por momentos. Me cuesta un mundo escribir con entereza. Pasamos los primeros núcleos poblacionales en las afueras de Marrakech como Tamellaret, El Atlaquia y Ouargui, en éste último sitio nos detuvimos durante media hora aproximadamente. Compramos algo de beber que no sirve para calmar nada porque el calor y la deshidratación, junto con la fatiga y el agotamiento, es algo insuperable. Al cabo de un par de horas llegamos a Azilal. Este pueblo es curioso. Nada más llegar observamos que hay niños con carritos de madera los cuáles utilizan para poner las maletas que están en el autobús. Al bajarme hace calor, pero sopla una brisa ligera y cálida. Hay unas nubes amenazantes.
Salimos de aquel simulacro de estación que en realidad es un descampado en las afueras del pueblo. A nosotros se unen Cristian y Alex, dos chicos alemanes de Munich que no tienen rumbo fijo y que se pegan a nosotros para compartir destino. Pero antes de todo ello, decidimos hacer una parada para comer. Entramos en una especie de tienda donde había enlatados, pan y otros productos. Como si fuera una especie de mini market. Compramos unos panes y atún con tomate con una Fanta de las de hace unos 20 años. Aquellos bocadillos nos supieron a gloria. Eran las tres y media de la tarde y era lo primero que comía desde la noche anterior. Esperamos media hora para hacer la digestión con tranquilidad y estar algo más relajados y entonces comenzó a llover de forma intermitente. Cuando salimos del mini market-restaurante, (ya que tenía mesas), el viento soplaba de forma violenta. Los rayos y los truenos me intimidaron. Al tiempo se produce una ambivalencia imposible entre calima, tormenta con lluvia y arena.
Cuando llegamos al lugar donde están los taxis, apenas a cinco minutos de donde comimos, hay gente, pero no hay nadie que nos ofrezca ni información, ni nada. No hay nadie en los taxis. No sabemos adónde acudir. La tormenta amaga con capear, pero no acaba de hacerlo. Se nos acerca entonces un tipo que nos pregunta a dónde vamos. Nes le dice que a Agouti. El señor, con aspecto de resabido y con capacidad para controlar la situación nos dice que ir hasta allí nos sale 50 Dirham cada uno, en total 300 Dirhams (30 Euros). Tenemos que recorrer 79 kilómetros que en principio no es mucho. Intentamos regatear, pero el hombre que habla entre inglés y español se niega en rotundo. Dice que el bus nos costará lo mismo y que no llegaría hasta el día siguiente. Lo dice como si el precio y el taxi fueran un favor hacia nosotros. Lo pensamos poco y aceptamos.
Pagamos por adelantado. El que nos cobra comienza a bromear. Buscar nuestra simpatía. Ahora cae un aguacero salvaje. Nos ocultamos bajo el techo de aquella estación de taxis. Todo está lleno de gente. Todas esas personas esperan a otras que fueran al mismo destino hasta completar seis personas, que son las que tienen que ir en un taxi para que éste acepte marchar. Es decir, me explico: no sale ningún taxi hasta que seis personas no vayan al mismo al mismo destino. Nosotros contamos con la presencia de Cristian y Alex, que junto con nosotros hacen seis personas, así que la fortuna está de nuestro lado. No tenemos que esperar… en principio.
Aún con todo, nos toca vivir una situación un tanto peculiar. El señor que nos cobra nos <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>dice que esperemos hasta que escampe porque la carretera está mal y se niega a llevarnos. De repente sale un señor mayor con muy mala leche. El que nos cobró, apenas cuando cesó un poco la lluvia nos dijo que ya nos toca irnos, pero de nuevo vuelve a caer el agua con fuerza y el que nos cobró abre la maleta del taxi. Nosotros tiramos las mochilas sin orden dentro de ella para cubrirnos de la lluvia en el WC que está en un pequeño cuarto al lado del automóvil. Ada entra al taxi, pero luego sale y se va junto con uno de los alemanes a tratar de ordenar las mochilas en la maleta del taxi.
De repente el que va a ser finalmente nuestro chófer –que aún no sabíamos que lo iba a ser-, comienza a gritar a Ada porque ella y los alemanes están forzando la puerta de la maleta del coche para cerrarla con suma brusquedad con el fin de regresar de nuevo al taxi y no mojarse. El chofer va hasta allí y la cierra. Acto seguido todos montamos en el taxi. Nes y yo delante, Isra, Ada y los alemanes atrás. Por ese entonces todas las personas de la estación nos miran incrédulos. Éramos el centro de atención y la situación se tornaba  en ridícula, en tanto en cuanto Isra comienza a hacer payasadas mientras Ness hace un vídeo y nuestro chófer entra en el taxi abochornado. Imagino que todos pensarían que dentro de ese taxi había una señora locura.
La lluvia no escampa pero ya estábamos en marcha, aunque primero nos detenemos para poner gasolina con la duda de saber si tendremos o no que pagar la gasolina, cosa que finalmente no se produce. Nuestro chófer no habla ni jota de inglés, ni español, sólo francés, berebere y árabe. Sólo Nes y yo nos defendemos un poco, pero lo cierto es que el conductor nos impone un poco debido al grito que le dio a Ada y a su  rictus de tipo duro y bruto. En pocos minutos nos damos cuenta de que la carretera será un zigzagueante camino de montaña. Nos percatamos de que la carretera es sumamente estrecha, pues no pasa más de un coche. El chófer enseguida, en las rectas va a toda velocidad sin importar baches o coches que vengan. Los coches que va de frente sólo en el último segundo se apartan. Tengo miedo. En esas, Nes y yo aprovechamos para entablar alguna clase de conversación con el chófer. “Tre bien”, le digo yo en alusión a su coche. Nes le dice que nuestros antepasados son también bereberes. Tiempo después nuestro chófer particular nos revela que la lluvia hace descender la temperatura: “Tombe la temperature”. A ratos hablábamos con un francés cuestionable. Pero poco a poco aquel conductor se va ganando nuestra confianza. Cuando llevábamos más de media hora de camino nos presentamos. Él se llama Mohamed y yo les dije todos nuestros nombres: “Je mapelle William, Je suis Néstor, la feme Ada…. Con más de una hora de trayecto, vemos que el precio del taxi es demasiado barato para la distancia y el tiempo que en verdad estábamos recorriendo, pues el trayecto era interminable. La carretera está en un estado deplorable, con cursos de agua, partes de tierra, atravesando montañas, valles, era toda una aventura que no teníamos prevista.
Mohamed nos cuenta en francés que ha estado en el Sáhara Occidental trabajando de joven y haciendo además el servicio militar. Nosotros le contamos que procedemos de Canarias. Nos tiene conquistado con su buena intención. Le decimos que estamos más cerca de África que de España, que tenemos un volcán de 3.718 metros y él nos dice que en Marruecos está el Toubkal con más de 4.000 metros. Es, sin lugar a dudas, una especie de simbiosis casi perfecta. Pero la carretera y la forma de conducir de Mohamed nos hace darnos cuenta que en verdad ese trayecto es un privilegio por los paisajes, por la vivencia, por estar donde estamos y con quien estamos.
Al cabo de hora y media Mohamed se detiene. Le vemos sacar una especie de esterilla, la cual desenrolla, se arrodilla en el <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>arcén y comienza a rezar. Luego nos trae unos vasos de té con galletas. Ese té fue, con mucho, el mejor que nunca en mi vida he probado. Luego nos sacamos fotos con él. Nos dio su dirección y nosotros le dijimos que se la enviaríamos. Decidimos recompensar de forma extra a Mohamed con 40 Dirhams (4 Euros). Pero cuando estamos a poco de llegar a Agouti, otro hombre lo detiene. Nos cambiamos de taxi. Mohamed nos abandona. El otro taxista le paga 100 Dirhams (unos 10 Euros) a Mohamed para llevarnos hasta nuestro destino final. Este nuevo chófer es más rústico y desde luego que todo un personaje. Cuando nos montamos en el coche, abre el capó y le pone una botella de agua a su taxi. Luego se monta de forma brusca y comienza a hablar en un idioma ininteligible.
Al parecer, según pudo inferir Néstor, ese taxista convenció a Mohamed para llevarnos hasta el lugar donde nos quedaríamos. El nuevo taxista nos dijo que dijéramos que habíamos ido con él desde Azilal porque de esa forma tendría un trato con el dueño del Git T’etape (un Git T’etape es una casa familiar que hace de pensión en núcleos rurales y alejados de las grandes urbes) para llevarles clientes porque trabajaría a comisión. Porque ese nuevo taxista, de nombre Alí, no vio un duro de nosotros, pero Nestor supuso que sí recibiría algo del dueño del sitio donde nos quedaríamos. Tardamos poco más de media hora y llegamos, no sin antes alucinar con el paisaje. Néstor se burla de Alí, que es un personaje caricaturesco. Llegamos a nuestro destino idílico. Henchidos de satisfacción tras ocho horas de viaje. Nada más bajarnos del taxi, comenzamos a negociar el precio de nuestra estancia con el dueño del Git T’etape. Primero dice 150 Dirhams por persona (15 Euros). Intentamos regatear. Parecía que no lo conseguiríamos, pero finalmente el dueño baja el precio a 100 Dirhams (10 Euros), cada uno.
Al pensar un poco en todo, y ver el paisaje del Alto Atlas que se muestra desnudo ante mí, <SAMSUNG DIGITAL CAMERA>siento el deseo de quedarme en Agouti. En este enclave escondido, no hallado en mitad de las montañas. Esta noche hemos decidido quedarnos un día más en Agouti y así descansar y disfrutar del paisaje. Cenamos una sopa-crema y algo llamado tajine, a base de verduras. ¿Quién me iba a decir que tendría tanta hambre que acabaría queriendo comer verduras?. Escruto cada pequeño e imperceptible detalle desde las ventanas. Aquí, en Agouti, me siento abrumado de tanta beldad. En los próximos días quiero encontrar algo en mi mismo que me ayude a ser paciente y no ahogarme en el mar de la desesperación de la espera incompetente.
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